::::: SITIO CREADO EN SAN CARLOS, MALDONADO- URUGUAY, EL 26 DE JUNIO DE 2006 :::::
 
 
alt ALT
 

IR A PORTADA

ALT
  NARRACIONES 3  
 

“ESPACIO AZUL”
Viernes 15 de agosto de 2008.
Por Ana Ma. Viroga de Almandos

 

Amigos

Hoy sería el cumpleaños número setenta y seis de Nelson.
También cumple mi prima Mirta, que está muy enferma, allá en Montevideo y a la que he prometido visitar.
Y nuestro diario, amigo, cumple sus ochenta y seis años, el 22 de agosto.
Para recordar, sentir y festejar.
Me han pedido que escriba un cuento; hace mucho que no escribo a no ser para ayudar a mis nietos con sus deberes (maestro, no leas esto).
Pero, voy a transcribir uno que jamás publiqué y que fuera el primero en ser distinguido con una “Mención de Honor” y Medalla por la “Asociación de Escritores del Interior” en el año 1978.

EL MENSAJERO

.-No estaba loco.
Al principio de todo, no. Después...no sé.-
Es cierto que soñaba, a veces, ser como Héctor, el guerrero troyano y movía su brazo derecho cual si empuñara una espada. Otras veces se tendía bajo un arbol y se estaba horas mirando correr las nubes, pensando en que si poseyera una maquinita de afeitar gigante, limpiaría el cielo hasta dejarlo rasurado y terso.
Nunca escribía nada, pero en su mente llenaba carillas de apretada escritura, volcando su alma en versos y canciones que nadie jamás escucharía.
Por las noches, la oscuridad le sobrecogía y trataba de encerrarse temprano.
Sobre todo en las noches de invierno. Ah! qué placer oir sonar la lluvia sobre el techo, el viento en los cables de las altas columnas, mientras él leía y leía, incansablemente, un libro tras otro.
Vivía solo.
La casa , heredada de su madre, quedaba casi en la orilla del pueblo.
A veces hablaba con ella, con su madre. Pero no recibía respuesta. Claro, ella muerta hacía varios años, imponía su presencia desde una foto grande en la pared.
Pero esto no quiere decir que una persona esté mal de la cabeza, por que, acaso no todos lo hacemos alguna vez, después de perder un ser amado?.
Algunos amigos tenía.
El viejo que vendía yuyos y pasaba junto a su puerta por las mañanas, deteniéndose para cambiar una que otra frase. Después estaba la mujer renga, la viuda del almacenero.
No le gustaba mucho hablar con ella porque era una amargada...pero, al menos cuando era miércoles él llegaba para comprar provisiones, le sonreía con su boca medio desdentada y le alcanzaba un “y, qué va a llevar hoy?”!.
Siempre lo mismo; el día que le dijera otra cosa se caería de espaldas.
Los niños no le interesaban; los perros, tampoco.
Las flores, sí. En la plaza florecían unos pensamientos azules-violetas que le encantaban.
Un día robó dos. Los colocó en un vaso de esos que se compran con dulce de leche, sobre la mesa del comedor.
Pensaba guardarlos luego dentro de un libro, pero pronto se olvidó de ellos.
La Biblioteca le proporcionaba buen material. Era uno de los mas asiduos visitantes. Llevaba montones de libros por mes; la muchacha que lo atendía aseguraba que no creía que los leyera todos.
Si los diarios y la radio no hubieran existido o se terminaran, él no se enteraría. Sin embargo, algunas veces iba al cine. No se sabe si cuando la película era buena o si era cuando no tenía otra cosa en mente.
De dónde sacó la idea, jamás se sabrá.
Pero lo cierto es que un día compró un cuaderno, un lápiz y salió.
Primero fue a las casas donde sabía que había algún enfermo. Ni decir que lo escucharon un momento y lo pusieron, sin mas trámite, en la calle.
Pero esto no le hizo desistir; Las solteronas que cuidaban de mantener la iglesia limpia y ordenada, primero le dijeron al cura que tratara de persuadirlo. Luego fueron a denunciarlo a la comisaría.
Pero si el tipo no hacía nada ofensivo! Y así, calle a calle, casa por casa, puerta por puerta, nos visitó a todos.
Era..el mensajero.
Me lo explicó la tarde que llegó; yo ya había oído muchos comentarios sobre el hombre.
Le hice pasar; le ofrecí un sillón frente a mí y me quedé esperando, con atención.
Seguramente fue mi mirada atenta, mi expresión benévola, o qué se yo, pero se desbordó.
Comenzó con un ligero titubeo, para luego volcar un torrente de frases, acompañadas de ademanes y gestos con su rostro y manos que me fascinaron.
Escuché sin interrumpirlo ni una sola vez.
Su idea no era mala, claro que no. Pero...provenía de una mente en su sano juicio?
Bueno, quién, digo yo, quién está totalmente cuerdo?
Por lo tanto, no sólo lo escuché, no le interrumpí, sino que creo que hasta lo alenté.
Sí. Lo alenté con mi comprensión, con mi asentimiento tácito al no contrariarlo.
Cuando se despidió, una luz le iluminaba la expresión.
Dicen que esa noche no durmió bien, yo no se.
Venía a mi casa todas las tardecitas. Al aceptarlo yo, las demás personas lo dejaron en paz. Y fueron varios los que le entregaron sus mensajes. Lo sé porque me prestó su cuaderno.
Estoy segura de que nadie mas que él y yo lo leímos.
Y ahora me pregunto, cuántos fueron los que, al dictarle sus mensajes, no crían que era
Cierto; que al llegar al mas allá, él recorrería el mundo de los espíritus, llevándoles saludos y peticiones, de los que habían quedado con algo que decirles a los que se habían ido para siempre.
Nadie podría creer ( y yo lo creo porque lo leí y fue quien recogió el cuaderno y quemé un día, en un arrebato de yo que se qué sentimiento extraño), nadie, digo, podría creer los mensajes que le dieron los habitantes del pueblo.
Porque volcaron en ellos su mas íntimo sentir; lo que no se expresa por vergüenza a causar risa...o temor...o llanto.
La viuda del almacenero, la renga, puso así, de puño y letra:”Perdóname Remigio, pero ya no te extraño tanto”.
La hija menor de los Fernández:”mamita, no podrías volver ya?”.
El carnicero Ramírez:” viejo, qué clavo me dejaste con el negocio”
La viejita doña Sofía :” Aníbal, pronto estaré contigo”.
Y como éstos, muchos mas. Tantos que le faltaban sólo dos hojas y tres familias por visitar.
La última vez que vino lo encontré raro: sus manos ardían, sus ojos brillaban y tenía como un frenesí por dentro.
Yo debía haber presentido. Tenía que haberme dado cuenta.
Su nerviosismo era tan visible! Su urgencia por llevar los mensajes tal...que no caminaba, corría por las calles.
Su ropa olía mal; su cabello no había sentido el peine en muchos días.
Había enflaquecido; una barba hirsuta y blanquecina cubría sus mejillas.
Me preguntaba continuamente: “Ud .me cree, verdad? Cree que soy el mensajero? Que
Llevaré todos y cada uno de ellos a las personas que están el otro mundo?
Ah! Cuando los encuentre! A muchos , a la mayoría los conozco: Y por los demás, preguntaré:” ha visto a Don Pablo, sí, al señor aquel que encontraron muerto en el campo porque lo tiró el caballo?.El padre del carnicero, claro, porque a él yo no lo conocí. Y me dirán: por supuesto, hombre, si hace ya tanto que está con nosotros. Y ellos me rodearán y yo les iré leyendo a cada uno lo que le mandaron decir. Aun no los sé todos de memoria, pero no importa, los tengo todos aquí”.
Y golpeaba el manoseado cuaderno de tapas verdes.
El martes no vino.
Yo casi no me di cuenta... o no lo recordé hasta que ya estaba en la cama por dormirme.
Había recibido por correo un libro de Botánica que esperaba desde hacía un tiempo y me enfrasqué en la lectura.
El miércoles no fue al almacén de la renga.
Dicen que lo encontró el mas chico de los Pereira porque fue a su casa a decirle que su padre había resuelto, al fin, lo que quería mandar decir.
Se había colgado de un tirante del techo.
A sus pies, el cuadernito verde, lleno de apretada escritura, quedó en el suelo, porque, en la premura de irse al mas allá, a repartir sus mensajes, se le olvidó en el piso.
Me parece que un sentimiento de desilusión ( o de rencor en contra del hombre) quedó en la gente. Porque no se llevó el cuaderno, claro.
Yo lo quemé hace mucho.
Pero primero me aprendí de memoria cada uno de los mensajes y ayer me compré un cuaderno. Pero de tapas azules...y los estoy anotando nuevamente.
Me quedan los Pereira, que ya se habían decidido; los Núñez, los Martínez y otra familia nueva que llegó a principio de mes.


PÁJARO

-Cuando era niña subí al cerro Pan de Azúcar...

Al estar allá arriba y mirar al valle allá abajo, tuve la sensación de que, alguna vez había volado, y no precisamente en avión.

Y recién ahora recuerdo cuándo fue la ocasión en que lo hice. Paso a contarles...

Estando aun en la Pre-existencia, yo venía en una fila muy larga, formada por los que debían recoger un pase para venir a la tierra. Sentado detrás de un escritorio, un hombre

(¿ Un ángel?) Escribía en el pase  lo que uno pedía ser: doctora, escribana, madre, empleada de correos, artista, etc. etc.

Yo, que quería ser pájaro, venía repitiendo mentalmente: pájaro, pájaro, tu quieres ser pájaro. No te olvides: debes decir claramente, pájaro.

Cuando sólo quedaba un espíritu delante de mí y el ángel le preguntó, la respuesta fue: mujer. ¿Sólo mujer?, Dijo él. Sí, solamente mujer.

Y cuando llegué yo, distraída y pensando en la simpleza de esa alma, ¡zas!  “Mujer”, le dije al hombre-angel.

 La cosa ya no tenía remedio. Dije, tímidamente: mire, resulta que me equivoqué... y entré a contarle lo que quería y que esto y aquello.

.-Bueno, dijo cortándome muy decidido y a su pesar: algo... algo, tal vez, quizá... podamos arreglar. Al lado de la palabra “mujer” pondré “poetisa, escritora” y así podrá volar con la imaginación, al menos.

Yo me fui muy pensativa, cabizbaja, mirando mi pase y claro, me equivoqué de fila: en vez de seguir por la que venía, me enganché en otra. Esa gente siguió y subió a un aparato parecido al avión “Concorde”, pero con alas que batían. ¿Y qué ocurrió?

Que empezó a  volar y girar alrededor de la tierra. Y se abrió una puerta y la fila se formó nuevamente. Y en la puerta, un ángel la contraseña; las almas la entregaban y se arrojaban al vacío: venían al mundo a vivir.

Cuando me llegó el turno, el ángel-hombre me miró. ¡Juro que le vi hacer un gesto con la nariz!.-Me dijo, otorgándome ya un nombre: Ana, te equivocaste otra vez de fila. Este no era tu tiempo, pero... en fin, ya que estás aquí, baja de una vez.

Y me empujó suavemente, diría yo.

Caí y caí; caí, tal vez, donde no quería y fuera de mi tiempo.

Y por eso, aquí estoy, sintiéndome rara, a veces triste, otras contenta, evadiéndome de la realidad, escribiendo y pensando.

Pensando si el regreso se hará todavía en barca...


"FELIZ Y PROSPERO"

Cuento de Ana María Viroga.

Hace dos días que observo la ventana de la vecina de enfrente. Ella es una mujer seria; vive sola y la única visita que he visto llegar es la de un hombre que "parece" su hermano. No se si es soltera, viuda o divorciada.

Por ahora solo cruzamos los "Buenos días" de rigor. A su puerta golpean vendedores, religiosos, escolares con rifas y varias categorías más de oferentes, pero ella ni al cartero le abre: éste desliza suavemente la correspondencia por debajo de la puerta, ya sabe que ella no abrirá.

Parece una mujer práctica, segura. Digo, porque, según el almacenero, compra todos los días leche, dos pancitos y una mineral chica. Conste que yo no le pregunté; de él salió contarlo, como novedad ¡qué me interesa a mi lo que compre o deje de comprar! ¡Faltaba más!

- ¿La ventana? Ah, sí.

No, no colgó ningún adorno de Navidad. Debe ser de esas que ni sabe lo que se festeja el 25 de diciembre. En el vidrio pegó un papel; parece una lista. Desde mi casa no se distingue bien. Supongo que venderá algo y es su modo de anunciarlo, porque si pidiera algo no lo colocaría allí. Una mujer como esa no pide con papeles pegados a la ventana (ni de ninguna otra manera, me parece).

"Seca como parto de gallina", dijo el carnicero. ¡Y cómo no!

Lo que pasa es que él es amigo de hacer bromas a todo el mundo y no a todo el mundo le caen bien sus guarangadas. Parece que ésta lo miró como para partirlo al medio cuando entró a comprar su clásica chuleta y él la llamó "Flor del Barrio".

¡Para qué! Desde ese día, "¿qué va a llevar la señora?!" Y gracias.

Algunos se detienen ante el papel y se van moviendo la cabeza. ¿Qué dirá?.

No se hasta cuando aguantaré la curiosidad, pero mi marido dice que voy a quedar repegada si cruzo a bicharlo y justo me sale la veterana.

Anoche me dormí temprano porque, a causa de un maldito partido de fútbol, suspendieron la novela. ¡Con lo divina que está!.

Por eso hoy, antes de las seis de la mañana ya estaba en pie. Calenté agua, apronté el mate y me asomé a la puerta; hacía buen rato que era de día, pero la calle se veía desolada.

Y entonces me dije: es el momento, cruzo ahora o nunca.

Y crucé.

"Ya golpearon mi puerta
los de la Cruz Roja,
los mormones,
los Testigos de Jehová,
los que venden libros,
los que venden papas,
los que venden huevos,
los que venden postres,
los que venden pasteles,
los que venden rifas de canastas,
los que venden rifas de corderos,
los que dicen que vienen de Montevideo 
y te quieren hacer comprar curitas, 
naftalinas, hilos y agujas.

No se moleste. No abro a nadie ni compro nada. Que tengan suerte en otro lado y Felices Fiestas!"

¡Me vine con una rabia!

¡Vieja Payasa! ¿Quién se creerá que es?

¿Así que no ayuda a nadie? ¿Y cuándo precise algo, que va a hacer, eh? ¿Qué va a hacer?

Mi marido me dijo: ¿A qué fuiste a meterte allá? ¡Joróbate!

A mí que no me pida nada, macheta inmunda, y que no tenga miedo que yo no le voy a pedir nada. Con el cartelito ese, paró en seco a todos, vendedores y vecinos. Pero ya va a caer.

¿No dicen que hasta el bagual más arisco cae al jagüel con la seca?

¡Que la tiró a la vieja!

Y todavía termina diciendo: "felices fiestas". Una tomada de pelo, bien claro está. Que pase ella felices fiestas, encerrada ahí, sola como un perro.

Porque ni los perros la deben de querer.

Y qué ¿viuda o divorciada? ¡Solterona!

Debe de ser una de esas solteronas amargadas, reseca y seca de vientre, come santos y creyéndose superior a uno.

Puede que hasta no la salude más.

Yo también voy a poner un cartelito en mi ventana. ¿Por qué no? Pero el mío va a decir: "Toquen timbre o golpeen la puerta. Bienvenidos todos los que llegan a esta casa". Original, ¿No?.

Mi marido no me deja, porque dice que van a ver el cartel y ahí nomás va a golpear tanta gente que no nos dejarán ni dormir la siesta.

¡Que lástima… con lo bien que quedaría!

Bueno, no lo pongo; eso si, a todos los que veo les digo "¡Felices fiestas, vecino, y próspero año nuevo!

Lo de próspero no lo entiendo bien, porque conocí a un hombre viejo que se llamaba próspero y toda la vida se lo pasaron "que Próspero para aquí, que Próspero para allá" y murió pobre como una laucha, pero que seguro que no significaba lo mismo. Además es lo que dicen todas las tarjetas y son tan lindas.

¡Próspero, próspero, próspero!

¡Y Feliz, claro!

Para todo, para to - dos...

DEL "ESPACIO AZUL"
DEL DIARIO "LA DEMOCRACIA" de San Carlos 

 

 
ALT
ALT ALT ALT
ALT ALT
ALT FAVORITOS -  IMPRIMIR - PAGINA DE INICIO  - CONTÁCTENOS ALT
ALT ALT

::::: AUTORIZADA LA REPRODUCCION DEL MATERIAL, CITANDO EL SITIO Y SU DIRECCION EN INTERNET :::::