
CAUTIVA
Cuando hacemos la unión de tu cuerpo y el mío
y aprisiona la piel el torrente de un río
nos tornamos viajeros y el rumbo elegido
nos acerca a playas de un cálido estío,
nos lleva a paisajes de ignotos destinos,
cuál alfombra mágica que allana el camino,
y nos vierte exhaustos, felices y dignos,
en una embriaguez que tiene ese signo.
Cuando declina el éxtasis del amor compartido
y la paz es el aire y el placer que respiro,
y el universo global es un mundo invadido
por la tregua gozosa que he firmado contigo,
el silencio se vuelve cuál mar extendido
que alcanza las cumbres y desecha el latido
de la vida exterior, que lanzada al olvido
semeja un vibrar sin mayor contenido.
Cuando el cansancio reposa en el dintel de los ojos
y la laxitud exige su cuota parte de gozo,
cuando íntimamente aflora ese perfil que nosotros
en un rincón del alma preservamos de los otros,
busca tu mano la mía, y de ella asirse pronto,
para el celdario del sueño liberar de su cerrojo
e ingresar profundamente en lo inmenso y fantasioso,
segura de que te amo con el amor más hermoso.
Y hay entonces en el aire que desliza presuroso
sus vivencias intangibles, un entonar jubiloso,
un sentir de libertad que retoza vigoroso,
que plácidamente llega hasta el alma perceptiva,
y se adueña totalmente de tu figura dormida
sin que sientas la opresión, de ser por amor, cautiva.

UNA PALABRA
Quisiera encontrar un término que diga
más allá de la expresión usual y repetida,
gracias mil por tener en esta vida
la brújula gentil que nos orienta,
la fuerza que hace frente a la tormenta,
la ternura que surge ante el motivo
y la paz que sustenta los milagros
del calor familiar con que convivo.
Quisiera encontrar esa palabra fugitiva
donde se recrea una emoción intensa
para brindarla a Dios, porque a la ciencia
permite avanzar con cierta prisa,
por la tibieza que en el aire se desliza
cuando el sol en el campo se derrama,
por la plenitud generosa de la tarde
y el sugerente renacer de la mañana.
Por un mundo de cosas que conforman
el universo vital que me contenta,
el amor de los míos que me alienta
y el latido de vivir que me convoca,
por la luz de pensar que desemboca
en la razón del sentir agradecido,
debo ubicar la palabra subyacente
y entregarla para el goce compartido.
Decir gracias por el sol y por la lluvia,
por el árbol y la tierra en que reposa,
por la lágrima, el colibrí, la mariposa,
la flor, los silencios y la noche,
pareciera mezquino, y en el hombre,
apenas un vibrar ante el derroche.

TRIBUTO A SAN CARLOS
Querer a San Carlos significa
ahondar en el cauce de su historia
y sentir apasionada la memoria
de su gente laboriosa y llana,
encontrar que guardan las campanas,
que parecen del templo cual retinas,
testimonio de una vida de trabajo,
vocación inalterable y carolina.
Querer a San Carlos significa
vestir al alma con ropaje
de las cosas lugareñas que el paisaje
acompaña, enmarca y determina,
es encontrar que convergen en la esquina
de un tiempo nuestro y emotivo
las imágenes isleñas del ayer
para hacerse un sentimiento redivivo.
Querer a San Carlos significa
transportarse en el aire de ese mundo
que nos roza la piel y que en profundo
sentimos libre y pleno, atesorando
la voz del Virrey que está llamando
a florecer su pueblo, que presiente
desde la ibérica raíz, fértil simiente,
con destino de ilustre y de valiente.
San Carlos aguerrido, heroico y tesonero,
de alma hospitalaria y corazón pionero,
hacedor de patria en constante esfuerzo,
dueño de un anhelo y un norte preciso,
ningún riesgo corre tu sueño isleño
si hay que cobijarlo, eso harán tus hijos.

SENSIBILIDAD
Un punto de encuentro para el hombre
que busca afanoso y torpe su destino,
afiebrado combatiente y peregrino
de su propia identidad alucinada,
rescoldo de batallas olvidadas
que tornan su imagen la mixtura
del cuerpo y el alma como sombras
perdidas al confín de la locura.
Dinámico huésped de los tiempos,
frenética figura que se exhibe,
impulso egocentrista que persigue
los fatuos esplendores de la pira,
holocausto vanidoso en que se aviva
la existencia cercana del abismo,
agónico delirio de un extraño
que logra la muerte de sí mismo.
Un punto de encuentro para el hombre
que pierde lucidez y que en el viaje
olvida auscultar en el paisaje
la fresca presencia del rocío,
carrera pertinaz que al desvarío
semeja, iguala y acaudilla,
torrente desbordado y voluptuoso
que no admite remansos en la orilla.
Un punto de encuentro para el hombre,
íntima versión de la escollera,
donde pueda amarrar la verdadera
fugitiva expresión de lontananza
y gritar sobre el mundo, impertérrito,
sensibilidad, es la única esperanza.

ETERNIDAD
El tiempo es la medida abstracta
de una realidad indiferente
y el orbe gira complaciente
en la mecánica singular y repetida
de los siglos y siglos que a la vida
han visto surgir, morir y renovarse,
periplo de la célula cambiante
en su afán de querer entronizarse.
Porque apenas un segundo de luz
es el término fugaz de la existencia,
brevísimo impacto de conciencia
que margen no da para respuesta,
se entregan los sueños a la apuesta
de una vida que en vértigo avanza
sin entender que es hoy y no mañana
el momento crucial de la esperanza.
Destino de luciérnaga y de rayo,
fulgurante, veloz y repentino,
caminante que deja en el camino
la huella liviana de su paso,
polvareda de olvido borra el trazo
y la vida prosigue cuál un rito,
escena que un elenco representa
en funciones previstas a infinito.
En el dintel de la existencia se entrecruzan
el féretro y la luz que rauda adviene,
girar vertiginoso que nos tiene
sometidos al rigor de la premura,
efímera inserción en la aventura
procurando resulte de tal suerte,
que un hilo de espíritu nos tenga
prendidos a la vida en la muerte
